Leí a Serguei Dovlatov durante la convalecencia de un accidente de tráfico. La hizo más llevadera. Es un autor que engancha. Así que recuerdo haber pedido todos los libros suyos disponibles y devorarlos en la cama uno tras otro sin apenas esfuerzo. Porque es un escritor que no pone trabas retóricas. Tal vez su formación periodística le ayudó a prescindir de florituras e ir directo al grano. Su fraseo es corto, enérgico, ligero en apariencia. Es capaz de contarte una tragedia sin lamentaciones y aspavientos. Haciéndote reír, incluso. Dije tragedia y dudo. Realmente lo que cuenta Serguei es más absurdo que trágico. Más fruto de la estupidez humana que de una maldad premeditada. Las consecuencias, desde luego, son lamentables, fatídicas, pero eso lo deduce el lector. Porque Dovlatov no impone ideas y mucho menos propone soluciones. ¿Cómo iba a hacerlo un hombre carente de ideología? Si algo nos impone Dovlatov sin que nos percatemos de ello es un estilo. Todos los grandes autores lo hacen. En su caso es una forma de contar estrechamente emparentada con la frescura e inmediatez de la narrativa oral. Y de cuentos precisamente va este volumen. No hay mejor introducción a su lectura. Sus narraciones largas son diversas escenas de su vida trabadas en cada caso por una temática común y un orden temporal. En este sentido es muy teatral. Su literatura es pues, autobiográfica, pero más de lo que observa en sus prójimos que de su mundo interior. Apenas hay descripciones ni paisajísticas ni morales. Los diálogos desternillantes abundan. En este sentido es una rara avis en la literatura rusa. Puestos a buscarle un pariente, yo apostaría por Chejov de quien era admirador confeso.
Dovlatov
no es un misántropo ni un quejica y como cualquier escritor que tratara de ser
libre en el régimen soviético, motivos sobrados tuvo. Estoy convencido de que
fue un hombre valiente. Sabedor del absurdo de la existencia humana, fue
comprensivo y benévolo con sus semejantes a quienes nunca enjuicia. Destacaría
ante todo su sentido del humor. Cualquier lector mínimamente sensible que lo
empiece, ya no podrá dejarlo. Aunque la trastienda de lo que cuenta sea
heladora, el disfrute y las risas están garantizados.
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